Una habitación propia, fin de análisis

El 24 de octubre de 1929, Virginia Wolf publicó Una habitación propia. El libro cobró una relevancia inédita en mi vida personal cuando después de dieciséis años de hablar en el diván, mi en ese entonces psicoanalista dijo: “Me recuerdas a Una habitación propia de Virginia Wolf”. Sin haber leído su obra, pero habiendo escuchado la mía, unos meses después fue mi fin de análisis. Este fin de análisis se concretó en una forma de escribir, de hacer letra, de alojar habitación no solo de modo físico sino que en mi palabra y en mi particular noción de diferencia y alteridad.

Solo posteriormente, este Octubre de 2019, a 90 años de Virginia y después de haber ido a hablar con otro psicoanalista después del fin, comienzo a procesar y escribo desde mi habitación propia de la experiencia, desde mi cuerpo. Hice una nueva alianza con mis pulsiones, una alianza donde me permito alojarme a mí y donde denuncio que hay algo que excede siempre al espacio entre dos.

Mi habitación propia es mi solución particular, solución que me ha dio la escucha en una relación analítica. Tan rebelde como siempre, situación incurable, hoy encuentro mejores causas porque he renunciado a los lugares e instituciones que me despojan de mi lugar en mi palabra para hacer casa en mi decir. Escribo y escribo, escucho y vuelvo a escribir. Esta es la habitación propia que mi palabra me confiere.

Fernanda Magallanes.

Mi casa prestada

Hace más o menos un año tuve que dar una descripción de mi casa, puse “departamento prestado, dos recámaras, sala comedor baño cocina. Colonia popular no muy lejos del centro de Puebla. El departamento es de mis padres”. Con un poco de tristeza cerré el sobre que guardaba, además de esta descripción, una solicitud de beca para mi hijo. No se la dieron. Me expresé dramáticamente y mal de mi casa en vano. Ni hablar. Hoy tengo otra oportunidad para contar todo lo que ha vivido esta casa que, por sus años, ha vivido más que yo.

Antes 1993 la imagino en un vacío, luego una familia de matemáticos llegó a habitarla. Yo era la más pequeña, veníamos de Querétaro, en donde “milagrosamente”, dicen, me quitaron la sordera que, por negligencia médica, me impidió oír los primeros sonidos de mi vida. Yo tenía dos o tres años. Luego papá se fue y en su lugar llegó la Tía, con mayúscula, con respeto, la Tía Chagui de todos. Con mi mamá, la casa resguardaba a tres mujeres de tres tiempos distintos.

Hasta los seis años dormí en el cuarto que no tenía la vista hacia enfrente, durante toda su vida, mamá ha pensado que al ocupar ella esa recámara, “la principal”, puede protegernos de cualquier peligro. Un día de aquellos años tuve una pesadilla. Ronald McDonald y Pennywise estaban en su auge y en mi casa se fusionaron y se metieron a mi sueño. Yo me levantaba a tomar agua, en la cocina había una mesa larga, de pared a pared. Sobre la mesa, al encender la luz, me saludaba Pennywise McDonald con una sonrisa llena de sangre, luego tomaba mi mano y no me soltaba y yo le gritaba a mi mamá, pero mis gritos no se oían. Desperté en la madrugada. Esa noche fue de las pocas que dormí en el cuarto principal.

Luego nos fuimos mamá, un nuevo papá y yo a otro departamento un poco más grande. Mi hermana venía en camino. La casa, creo, se empolvó de nuevo y hasta los payasos la deshabitaron, nos llevamos las camas y todo. La Tía se fue a Ciudad Valles, nuestro lugar de origen. Yo crecí un poco más, la familia también. La casa nos esperaba fiel como un perro.

Regresamos a ella en el 2000. Nueve años, tercero de primaria. Un primo vino a vivir con nosotros y compartimos el mismo cuarto de antes, como hermanos. Me inscribieron en una escuela que estaba a dos cuadras, mis amigos eran mis vecinos, ¿Qué más le podía pedir a mi infancia? Sólo que no terminara nunca, pero un día a mis diez años, la infancia se fue con mi sangre y mis lágrimas por la coladera del baño. Después de eso, la regadera, su agua, fue testigo de todos los cambios que, siempre a escondidas, me gustaba ver, me gustaba sentir.

A mis once nos volvimos a ir, pero esta vez la casa no quedó vacía; mi papá, ya no tan soltero, llegó a habitarla. Me hago muchas ideas de cuántas historias guardan las paredes de ese entonces, que en ese entonces cargaba un pizarrón y un cuadro y nada más, si acaso una cruz ignorada, pero creo que nunca lograré saberlo. Yo dejé de ver esa casa más de diez años, y pasé más vida en otra casa que fue habitada también por mucha gente, porque siempre nos gustó adoptar hermanos postizos de intercambio cultural y primos norteños que mi mamá pensaba que podrían mejorar su estilo de vida con estudios en Puebla. En esa casa, a los 17 años, tuve a ese hijo del que hablo al principio. 

Sin embargo, no fue el hijo el que sintió los cambios consecuentes, ni siquiera yo, porque en la casa ya había una mamá de todos modos. Creo que los cambios se sintieron ya en la casa prestada, cuando volví a ella hace dos años, después de percatarme de lo lógico: empezaba a querer ocupar, en el inconsciente, el lugar de mi mamá en su propia casa. Cuando abrí esta vieja puerta que se había abierto tantas veces, me era nueva de nuevo y me vi nueva yo también. ¿O totalmente distinta? No lo sé, sea como sea, todavía tengo una esperanza rota de que algún día me dejaré de tanto cambio.

La antigua casa la dejé sin despedirme y, al principio de las nuevas noches bajo la casa prestada, un adiós no dicho me quitaba el sueño. Los primeros días el sol por la mañana hacía que viera la pequeña sala más grande que yo, todo me quedaba demasiado flojo y yo me sentía como en un lago. Pero un día me encontré con un libro, de esos muchos que me quisieron inculcar mis padres pero que no me dejaban comprenderlo por mí misma, y ese libro me llevó a otro y ese otro a un primer curso de teoría psicoanalítica y luego me enfoqué en analizar mis sueños que para mí es una mejor introspección de la que puedes aprender con cualquier yogui. A la par descubrí que no soy tan mala dibujando garabatos –dicen- “abstractos”. Luego decidí entrar a estudiar formalmente esto que me encanta y ya no hay nadie que pueda pararme… Excepto mi hijo, cuando no puede hacer algo o cuando le da flojera, pero eso ya casi nunca pasa porque él pronto será un joven también.

Aunque me gusta leer, confieso que lo que menos quiero es tener que limpiar un librero o una biblioteca entera como sueñan todos. Los libros viejos sí huelen mejor que los nuevos pero ambos se empolvan igual en esta ciudad gris, llena de ceniza del volcán. No sé de ediciones ni de editoriales más de lo poco que sé de sitios para descargar libros gratis o baratos. Una siempre se adapta a su medio. A mi hijo sí le gusta más abrir sus cómics y los tiene guardados en su escritorio- librero- estante. Yo apenas empiezo a llenar toda la casa como me gustaría que estuviera. Los muebles, excepto por mi cama, me los dejó papá, con su olor a historias enigmáticas. Todavía guardo cajas de los tiempos que no se pudo (o no se quiso) llevar, pero eso no importa mucho, a las historias, como a los gatos, no les gusta salir de sus cajas.

Tuve un gatito de entrada por salida que me enseñó a hablar sin palabras y a ver en su pelo todos los colores del mundo. Chimalpopoca se subía a las alacenas de la cocina y todavía hay cacas secas de gato en ese rincón que nadie alcanza a limpiar. Ya puse mi primer árbol de navidad, criaturas mágicas del capitalismo dejaron regalos. Tengo una hija Planta y voy por la segunda. Descubrí que había adoptado la idea de que cocinar es horrible y ahora no dejo de hacerlo, de hecho la cocina es de mis lugares favoritos de mi casa. Los amigos que me ha costado mucho hacer han visitado este útero de ladrillos y han salido satisfechos y, sobre todo, he aprendido muchísimas formas de querer a las personas que quiero.

No puedo, pues, hablar de un espacio para trabajar más que de toda mi casa; cuando no estoy estudiando/escribiendo, estoy dibujando mis sueños, si no, estoy jugando o viendo series infantiles, o haciendo postres sin gluten, o lavando. Haga lo que haga, siempre prefiero quedarme adentro. Además por fin ya ocupo la recámara principal y en medio de los cuartos el atrapasueños como un dios. Todas estas acciones me constituyen y de todas aprendo que no soy más que un conjunto de sueños que se cuentan, que las paredes de mi casa me observan escribirlos.


Aída Escobedo, se prepara para ser psicoanalista, es amante de los sueños y de los actos fallidos, también de la repostería. A veces dibuja garabatos y edita fotos en su celular. También es mamá de un jamón de diez años.

Habitación propia

Ya tiene rato que me ha costado más trabajo que nunca ubicarme en el mundo, en las vidas de terceros, en el espacio físico que me rodea. Es difícil admitirlo a mí misma. Le bauticé crisis de pertenencia. 
Una serie de eventos en el último año y medio me han traído a este punto exacto, donde efectivamente me encuentro en mi habitación propia, desde donde escribo. Donde me atrevo a llevar a cabo esa tarea de la que me había alejado por miedo a lo poderosa que puede ser. Donde escribo un texto sobre el espacio que me rodea. 
Dicho espacio es la Habitación Propia que en realidad nunca ha sido tal. Sí parece mía. Todo en ella es mío, pero, finalmente, no le llamo mi espacio en el mundo.
Es la habitación más aislada de esta casa. Una casa de la que he entrado y salido. Que por cómo llegué aquí, nunca la he sentido como un hogar, sino una mera casa, entendida como la mera edificación. Es el edificio, en la calle cerrada, donde encuentro todas mis cosas más preciadas. Pero es, finalmente, fría, grande y ajena. En teoría es la casa en la que crecí, pero parece ser que mi mente nunca la registró como tal.
Las paredes de esta habitación han sido testigos de los últimos 8 años de mi vida, aunque en episodios interrumpidos por mi estancia en otra habitación; aquella que está en el quinto piso de algún edificio, y que ahora es la habitación de alguien más. 
En esta habitación he llorado, bailado, puesto el mismo LP hasta el cansancio, leído libros buenos y pésimos, escrito poesía no tan buena y pésima, visto películas aburridísimas y otras hasta el cansancio. He colgado la cara de Timothée Chalamet cual adolescente enfebrecida, sonreído al techo por notificaciones en mi celular, así como llorado por las mismas. He acomodado los juguetes de plástico por color, los peluches en una esquina, y los libros con las portadas más bonitas los he parado volteando hacia mí. 
En la habitación he sostenido monólogos enteros conmigo misma. Me he cantado y también leído en voz alta. 
También en ella converso con mi principal interlocutora, que habita permanentemente este cuarto. Es La del Espejo, la que entiende alemán y sabe que tiene que ser paciente con quien aún no sabe declinar en todos los casos gramaticales ni con todas las preposiciones. Ella, mejor que nadie, entiende que no siempre me despierto sintiéndome bien. Que son más bien raros los días en que sí. Pero, es también mi animadora personal, la primera en decirme “qué guapa te ves,” “te quedaron súper las cejas hoy” o “qué buen sentido tienes para vestirte.” Es la que se deja tomar fotos de vez en cuando para subirlas a Instagram, porque sus ángulos son mejores que los que encuentro de este lado del espejo.
Finalmente, quizás no me encuentro en ella, porque no he querido; porque sé que mi estancia en ella es pasajera, y que, de hecho, la fecha de salida está más cerca de lo que me gustaría. Mi alma no está impresa en las paredes porque no les he querido dar el lujo. No sé si estoy lista para eso, pero la incertidumbre de no saber si algún día lo estaré o siquiera tendré el lugar —La Habitación Propia— es igualmente una pesadez sentimental que tiendo a ignorar. Una crisis de pertenencia, le digo. 
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Susana Rodríguez Aguilar, estudió letras. 

Habitación im-propia

Recuerdo el umbral entre la estancia y la escalera de casa de mis padres en un Querétaro noventero más chancero que chilango e instalado en su eterna quietud dominical. En esa casa, en el corazón de la ciudad  (y que fue sólo una de las tantas por venir) aprendí a trazar “OSO SUSU”: palabra que se automatizó por tanto practicar, enseñándome además que el mundo tenía otro mundo, uno donde las palabras podían surgir como magia al contacto con la página. Palabras peligrosas, abiertas, alejadas de la correspondencia cratilista del mundo, coquetas y perdurables mientras aguantara aquella libretita de candado chiquito.  


Hoy, 26 años después, ya no vivo en casa de mis padres ni tengo libretitas de candado: paso los días estudiando el posgrado en Filosofía y comparto casi todo con mi hijo / duende / mimo / cómplice de 8 años: “mi habitación” es suya también. 
Aún trato de entender la magia de las palabras y leo más de lo que escribo. 
Busco aquello que Virginia Woolf llamó “la cáscara”, ese “algo” para rescatar antes de aventar el día por la borda y que puede ser usado para dibujar ideas o peces. Confió que el regreso infinito a nuestra propia habitación salvaje, es algo que no termina: viene impropio, lleno de mudanzas, deudas o despedidas. Ojalá esta habitación que comparto no sea la última, ojalá vengan otras; alguna con vista al mar, en el piso de una pista de circo o en las escalinatas del teatro. Anhelo tener medios suficientes y temple para escribir mejor; tomar muchos talleres, dar paseos largos, enamorarme de algún poeta bailarín, reír a carcajadas, sembrar albahaca, ver películas de Agnès Varda y todo eso que creo ayudará a descifrar el secreto de aquél hechizo revelado ese día del “OSO SUSU”, pero mientras, en lo que el conjuro me sale, les comparto este otro umbral de libros, trastes y desorden:  

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(La foto del sombrero es de mi querida amiga tica @alarcon.26)


María Yolanda García: mamá, estudiante de posgrado, fan del circo hecho a mano. 

Habitaciones propias

Tengo muchas listas de música que me gusta reproducir cuando estoy sola, específicamente en mi cuarto. En él bailo, escribo, leo, trabajo, acaricio a mi gato, me visto, veo series de 15 capítulos hasta terminarlas en un fin de semana, lloro, reniego y sufro a veces en silencio y a veces no tanto. Mi habitación es el espacio donde realmente puedo estar sola. Y aunque literalmente este espacio de tierra no me pertenece, sé que de otras muchas maneras me han pertenecido los espacios donde he crecido y he aprendido a estar sola. (Mi parte favorita es dormir). Cada que alguien pronuncia la palabra soledad es cuestionado severamente, “no estás sola, te dicen” pero en la realidad La Soledad brinda la paz suficiente para entender que ni es negativa ni es positiva, sólo es. “Esta soledad tan profunda” dice Lafourcade. Cuando lo entiendes, cuando puedes escucharla, llega la paz. De eso se trata tu propio espacio, aunque a él hayan llegado otros y otras para dejar su huella. Tu espacio es tu soledad donde a veces, con la suficiente imaginación, se escucha el mar.

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Alejandra Arévalo, poeta y mediadora de lectura. 

Mi casa soy yo misma

Un gasterópodo

Como nunca he hallado un espacio al que pueda llamar mío, me convertí yo misma en el lugar. Abandoné la casa paterna siendo, aún, adolescente, como correspondía a los jóvenes residentes de Tantoyuca que nos lanzábamos a hacer estudios profesionales. Me fui al puerto de Tampico, con su arena aplanada y su mar bajito que en realidad está en Ciudad Madero, donde mi madre me había parido porque así lo dispuso el hado (o el Seguro Social, que es lo mismo). Yo era una muchachita con depresión y fobia social (me diagnostiqué al iniciar mis estudios de psicología) y toda mi familia apostó a que, debido a mi carácter retraído y mi inutilidad hasta para cruzar una calle, no duraría ni una semana fuera del pueblo. Han pasado dos décadas y nunca volví a vivir en esa casa –la de mis padres.
Viví primero en una pensión donde, durante dos años consecutivos, las dueñas me hicieron bullying, movidas por la extraña fantasía de que yo era una “niña rica que tenía la vida resuelta”, se ocupaban entonces de añadirle adrenalina a mi aburrida y glamurosa existencia en la que podía darme el lujo de no irme caminando a la universidad, sino en un “”Águila-Echeverría”, los colectivos que pasaban por la avenida Hidalgo; así, por ejemplo, una vez me sirvieron leche con cucarachas  y otra,  me rayaron los CDs que había conseguido en Arteli. Ya mencioné mi temperamento depresivo, no sabía defenderme, pero sabía correr y, finalmente, me mudé a la casa de una señora adorable, guapísima, con cierto aire de actriz de Hollywood, que tenía tres hijos y cocinaba el segundo menudo más rico que he probado (es que el mejor era el de mi abuelita). Un día, al llegar de la escuela encontré mis pertenencias (una caja con CDs y casetes viejos, mi maleta de ropa y mi computadora) en la calle, junto con las de aquella encantadora mujer y las de sus hijos; el exmarido, un hombre –debo decirlo– bastante feo, les acababa de quitar el inmueble dejando a la familia (y a mí de paso) sin hogar. Mi otrora anfitriona le pidió a su hermano que me acogiera mientras tanto, y así fue. Cuando la volví a ver descubrí su hermoso rostro envejecido de golpe, su belleza estaba marchita detrás de unas ojeras negruzcas que contrastaban con el cutis pálido; su pelo, ya no era de un castaño satinado Hollywoodense, sino cenizo. Sin dejar de sonreír, porque ella siempre sonreía con amabilidad, me recomendó mucho, si algún día me casaba, analizar antes al hombre para asegurarme que fuera “bueno”. Los siguientes años atestiguaría como la casa de la que habían echado a esta familia se fue deteriorando; nunca nadie la volvió a ocupar, al menos no mientras viví en Tampico. La última vez que pasé frente a su portón negro, lucía sucia, con hojas secas amontonadas al frente, las puertas atrancadas y un olor a madera húmeda, a polvillo de óxido.
Decidí, a mis veinte frescos años, vivir sola. ¿Por qué no? Renté un departamento chiquito que tenía un baño, una litera y un ventanal. Fue la cuarta mudanza de mi vida, a la fecha debo haber acumulado unas veinte. He vivido sola, con gatos, con un hombre, con amigos y amigas, con dos hombres, sola, con más gatos, con más hombres; con un bebé; con perro, gato, niño, niña… hasta llegar a mi estado actual: con mi hijo de once años, mis dos hijas de seis y cuatro, y mis osos de felpa.
He vivido en una casa amplia con balcón, terraza, cuarto de servicio, dos baños y varias recámaras; he vivido también en un departamento de paredes blancas arriba de un Oxxo; sin olvidar la casita linda de guano donde no era raro hallar gusanos peludos y arañas; luego, en un cuarto sin más que una barra para usar de mesa y un colchón inflable; en un departamento alargado, con habitaciones sucesivas, donde Argelia me sacó las fotografías más hermosas que me han tomado; en un condominio con arcos al frente, cerca de las vías del tren; en una casa cerca de otras vías de tren, cuyo piso estaba siempre cubierto con arena de playa, a pocos metros de un entronque en el que había balaceras y embotellamientos; en una casa llena de ruidos y latas de cerveza donde nunca pude dormir; en una casa de paredes húmedas en las que crecía el moho, de la cual hui una mañana sin saber a dónde iría; en una casa fresca habitada por mujeres amables y en otras más hasta llegar a mi ubicación actual: un departamento de tres piezas en Guadalupe, con unas escaleras empinadas y estrechas que me aíslan, un tanto, del resto del mundo.
En cada lugar al que llego, lo primero que busco es montar mi estudio. Puedo no tener cama o estufa (de hecho, sigo sin estufa y la que era mi cama, se la he donado a mis hijas), pero me resulta intolerable no tener un espacio para mis libros y mi laptop. Debido a mi nomadismo y a mi dificultad para sentir apego por la mayoría de los objetos, varias veces lo he abandonado todo (o casi). Ha habido épocas en que mi estudio ha consistido en un par de cajas, de las que usan en los mercados para almacenar verdura, con libros y papeles sueltos. Otras veces, como ahora, tengo una habitación con libreros, sofás, impresoras y algunos fetiches que guardo de mis viajes. Es como si tuviese la necesidad de avanzar en espirales, llevando conmigo solo lo indispensable y me he dado cuenta que no es mucho. No necesito demasiadas cosas para vivir. Ha habido años enteros en que he sobrevivido con dos mudas de ropa y un solo par de zapatos. No es el caso ahora, que tengo más que eso, pero no almaceno nada que no use cotidianamente.  
Mi cuerpo, pues, es mi única casa, la única habitación que siento mía. Aunque bien le he escrito cantos de amor a la Tierra y algunos pueblos, no es el amor de quien se queda quieta, sino el de un gasterópodo que lleva su cuerpo-casa a donde va. Mis hijas aún son parte de mi cuerpo, lo habitan con desfachatez, lo saben suyo. Mi hijo mayor se ha separado, ya, en buena medida, pero sigo siendo ese santuario al que vuelve a beber agua en los días desérticos. Mi madre, durante mi infancia, fue una casa con ventanas cerradas donde se contaban cuentos de fantasmas, me gustaba oírlos desde el pórtico; al inicio de mi vida adulta, ella me pareció un laberinto del que quise escapar. Ahora ella es una residencia donde se han acumulado libros antiguos y algunos vidrios rotos, si entro con cautela ya no me corto, incluso puedo llegar hasta el tragaluz y mirar el Sol.
Me gusta ser una casa con un estómago fuerte que avanza, retrocede, avanza, se desmorona, se vuelve a levantar. Me imagino rodeada por un jardín. He escrito sobre esto. Tengo un libro que aborda el tema del cuerpo como casa. He fotografiado los espacios de mi corporalidad, sus estrías, sus tonalidades, su vellosidad amenazante siempre rendida ante la navaja. Alguna vez el poeta Arturo Castillo Alva dijo que mi poesía era una casa donde todos podían entrar. Me gusta esa imagen, me agrada la idea de que mis palabras también pueden ser habitadas.



Marisol Vera Guerra. Escritora, editora, multípara, ilustradora; ya está fraguando su próxima mudanza.


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Yo soy mi propia habitación propia


Desde niña y hasta ya entrada la adolescencia viví en una casa llena de gente: abuelos, tíos, primos, inquilinos que rentaba cuartos. Nadie tenía independencia, los baños y hasta las cocinas eran de uso común. Todo el día había ruido, llantos, azotones de puertas, disputas, bullicio. La puerta de la calle siempre estaba abierta. Poco a poco, la gente empezó a marcharse, también la familia. Hasta que quedamos los abuelos, mis padres, mi hermano y yo. El bullicio se apagó y la casa quedó silenciosa. Por fin, dormimos con la puerta cerrada, sin riesgo de que alguien, quién sabe quién, llegara de madrugada y dejara la puerta abierta para ponernos a todos en riesgo. Y sin embargo me las ingenié para tener habitaciones propias, muchas: la azotea, abajo del tinaco; un espacio de pasto en la Deportiva, el Autódromo Hermanos Rodríguez a donde iba sola o acompañada por mis hermano y primos en bicicleta; la banqueta enfrente de casa de mis padres; el closet de la abuela. Nunca me faltó un lugar para leer, escribir mi diario desde como los trece años, hacer drama y estar sola. Luego tuve en efecto una habitación propia, con baño incluso, pero pronto me marché de ahí. No era tan propia, después de todo.
Después conforme crecí, me hice de otras habitaciones propias: bibliotecas, bancas de parque, espacios verdes en parques, un asiento vacío en el metro o en el pesero. Luego tuve habitaciones propias en departamentos, pero siempre escribía, leía y encuadernaba en donde se pudiera, como se pudiera. Ahora comparto una habitación con mi esposo, dos perros, muchos libros, dos bicicletas que no podemos sacar porque se las roban, mucho desorden, apuntes, botellas de vino vacías (que al principio estuvieron llenas), zapatos que me quito mientras escribo y dejo abajo del escritorio. Supongo que mi habitación propia siempre ha estado conmigo, yo soy mi propia habitación propia.


Bibiana Camacho, narradora.