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Un cuarto de televisión sin televisión

Hace unos años, mis papás se mudaron de ciudad. Yo estudiaba la licenciatura y decidí quedarme en la casa donde había crecido y vivido mi infancia. Una cocina, un comedor, una sala, tres recámaras, tres baños, dos espacios extraños entre cuartos de televisión ―sin televisión— y pasillos muy anchos con sofá. Era la casa que mis padres habían construido desde antes de casarse hasta el día que se fueron a Ensenada: su hogar por veinticinco años. No recuerdo un solo año en el que un albañil no le haya metido mano a la casa. Tumbaban paredes, hacían un baño, otra recámara, una ampliación, ponían lozeta donde no había, cambiaban la cocina. Las casas no tienen fin, me dice siempre mi madre, no las puedes dejar caer, hay que darles su manita de gato. Seis años sin ellos aquí y solo he traído un par de veces a un plomero, otro par de veces a alguien que arregle la lavadora y alguien más para que le eche una mano a la refri ―aire acondicionado de los norteños—; ni un solo albañil. Aunque ha...