Yo soy mi propia habitación propia
Desde niña y hasta ya entrada la adolescencia viví en una casa llena de gente: abuelos, tíos, primos, inquilinos que rentaba cuartos. Nadie tenía independencia, los baños y hasta las cocinas eran de uso común. Todo el día había ruido, llantos, azotones de puertas, disputas, bullicio. La puerta de la calle siempre estaba abierta. Poco a poco, la gente empezó a marcharse, también la familia. Hasta que quedamos los abuelos, mis padres, mi hermano y yo. El bullicio se apagó y la casa quedó silenciosa. Por fin, dormimos con la puerta cerrada, sin riesgo de que alguien, quién sabe quién, llegara de madrugada y dejara la puerta abierta para ponernos a todos en riesgo. Y sin embargo me las ingenié para tener habitaciones propias, muchas: la azotea, abajo del tinaco; un espacio de pasto en la Deportiva, el Autódromo Hermanos Rodríguez a donde iba sola o acompañada por mis hermano y primos en bicicleta; la banqueta enfrente de casa de mis padres; el closet de la abuela. Nunca me faltó un lugar...